Érase una vez un lobito que no sabía morder.
Le nacieron los colmillos, pero nunca el rencor.
Nunca levantó la voz para ser escuchado,
ni buscó aplausos en el lugar equivocado.
No caza, pero tampoco huye.
Nació del error del estereotipo,
de la ternura que incomoda,
de la bondad que no pide permiso.
No vino a gustar. Vino a estar.
No se endereza para convencer a nadie.
Camina torcido —no por cansancio—
sino por elección.
Cada prenda que lleva su huella
es un recordatorio silencioso:
No todos los lobos muerden.
Y no todos los cuentos son mentira.
No todos los lobos muerden.
Y no todos los cuentos son mentira.